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lunes, 31 de mayo de 2010

Los empleados públicos y los trabajadores en general son culpables de la crisis. ¡Que la paguen!



Es lógico que el pueblo, los trabajadores y, sobre todo, los empleados públicos tengamos cargar con el coste de la hipotética crisis financiero-económica, porque todos los datos demuestran nuestra culpabilidad y, por ello, tenemos que pagar.

Aquí están las muestras de nuestra activa participación en la causas de la crisis:

  • Strauss-Kahn, director del FMI, alentador de una “reforma laboral que elimine rigideces”, cobra 420.000€ netos anuales, el equivalente a 25 años de salario de un cartero. Defiende el aumento de la edad de jubilación y rebaja de las pensiones, pero él tendrá una de 210.000€ anuales con sólo dos años de cotización.
  • Trichet, presidente del BCE, partidario de subir los salarios menos que la inflación, se subió en 2009 un 2,5% el suyo, cuando la inflación fue sólo del 0,9%.
  • Fernández Ordóñez, presidente del Banco de España, partidario del aumento de la edad de jubilación, de la reforma laboral y de la reducción del gasto público mantiene en secreto sus retribuciones¡ !Y le pagan un fondo de pensiones aparte, todo con dinero público!
  • Los 2.000 millones gastados en la campaña de Afganistán darían para pagar 62.000 profesores de la pública.
  • Durante 2008, Francisco González, Presidente del BBVA cobró 5.340.000 €, el equivalente a 250 años del sueldo de una comadrona de la sanidad pública.
  • 17.590 millones de euros son los beneficios obtenidos por los cinco grandes de la banca española. Esto equivale a un millón y medio de barrenderos y a casi un millón de años de trabajo de un científico del CSIC.
  • Con la reducción del salario de todos los empleados públicos del país (funcionarios, estatutarios y contratados laborales) se va a ahorrar sólo 3.000 millones de euros, es decir, la sexta parte de esos beneficios de la banca.
  • Medio millón de familias en España son pobres. Para que les llegara un 85% del Salario Mínimo Interprofesional, sólo se necesitarían 2.265 millones de euros, mientras que el Gobierno creó el FROB, en auxilio de bancos y cajas gastando inicialmente 9.600 millones.
  • María Dolores de Cospedal, cobra 230.000 euros como política, es decir, como 6 oncólogos o cardiólogos de la pública, pero, claro su función es más útil.
  • GESTHA1 informa de que en 2005 (último año en que el M. de Economía y Hacienda publicó datos) hubo 88.617 millones de euros de fraude tributario y a la Seguridad Social. Con ese dinero se acabaría el déficit de gasto público social de las comunidades autónomas y sobraría dinero.
  • Defraudan más las rentas superiores: según GESTHA, los empresarios declaran menos de 6.346 euros, es decir, menos que los asalariados. Smos el único país donde los empresarios declaran menos que los trabajadores: las SICAV (las sociedades de los ricos) tributan sólo el 1%, mientras que un empleado público modesto paga un 15%.
  • El importe del eliminado impuesto de patrimonio (1400 millones) es exactamente el coste de la dependencia en las comunidades autónomas.
  • España es uno de los países de la OCDE (junto con EEUU) que más gasta en policía y seguridad. Los países que gastan menos en policía y seguridad, tienen menos desigualdades. Si la desigualdad aumenta, lo hace también el gasto necesario para mantener el orden establecido. Y hay mucho orden que proteger en España.

  • Como se ve, tenemos la culpa de la crisis y por eso tenemos que pagarla. Tenemos la culpa de quedarnos en el paro, de haber atracado a los bancos obligándoles a prestarnos dinero, somos responsables de presionar a nuestros representantes sindicales para que firmen el empeoramiento de nuestras condiciones de trabajo, tenemos que pagar porque no hemos sabido invertir los ahorros que el banco/ caja ha tirado en bonos basura, tenemos que pagar porque hemos decidido trabajar para empresarios y políticos ineptos, tenemos la culpa de votar a unos y que manden otros, y tenemos que pagar porque hemos elegido desde hace décadas a políticos impresentables que, para resolver sus problemas (no los nuestros), emiten deuda pública que los trabajadores tenemos que pagar.

    Menos mal que el mercado financiero (que nadie sabe quién está detrás), tiene razón, y castiga a los responsables, es decir, al pueblo, que sí sabemos quién es.

    Y ¿qué respuesta sindical se le está dando a tanta agresión?:

    Fomentar la desunión y división de los trabajadores, el corporativismo, la servidumbre ideológica y la continuación del pactismo y la tibieza de las convocatorias.

    ¿Hasta cuándo este sin sentido?:

    HASTA QUE LOS TRABAJADORES QUERAMOS TOMAR LAS RIENDAS DE NUESTRAS VIDAS.
    Fuente: madrid.cnt.es

    martes, 11 de mayo de 2010

    La religión de mercado



    Casi todos los dirigentes políticos, ya sean de la izquierda tradicional o de la derecha, ya sean del Sur o del Norte, confiesan una verdadera devoción por el mercado, y en particular por los mercados financieros. En realidad habría que decir que ellos han montado una verdadera religión del mercado. Cada día, en todas las casas del mundo que tienen televisión o internet, se celebra una misa dedicada al dios Mercado durante la difusión de la evolución de las cotizaciones de la Bolsa y de los mercados financieros. El dios Mercado envía sus señales a través del comentarista financiero de la televisión o de la prensa escrita. Esto sucede no sólo en los países más industrializados sino también en la mayor parte del planeta. En Shanghai o en Dakar, en Río de Janeiro o en Tombuctú, uno puede saber cuáles son «las señales enviadas por los mercados». En todas partes, los gobiernos han llevado a cabo privatizaciones y han creado la ilusión de que la población podría participar directamente de los ritos del mercado (mediante la compra de acciones) y que como contrapartida se beneficiaría si interpretaba correctamente las señales enviadas por el dios Mercado. En realidad, la pequeña proporción de población trabajadora que adquirió acciones no tiene el más mínimo peso sobre las tendencias del mercado.

    De aquí a algunos siglos, quizás se leerá en los libros de Historia que, a partir de los años ochenta del siglo xx , hizo furor cierto culto fetichista. La expansión así como el poder que llegó a tener dicho culto quizás se relacionará con los nombres de dos jefes de Estado: Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Se destacará que este culto se benefició desde sus inicios de la ayuda de los poderes públicos y de las potencias financieras privadas. En efecto, para que este culto encontrara cierto eco en las poblaciones, fue necesario que los medios de comunicación públicos o privados le rindieran pleitesía cotidianamente.

    Los dioses de esta religión son los Mercados Financieros, a los que se dedicaron templos llamados Bolsa, y en donde sólo son convidados los grandes sacerdotes y sus acólitos. Al pueblo de los creyentes se invita a entrar en comunión con los dioses Mercados mediante la pantalla de TV o del ordenador, el diario, la radio o la ventanilla del banco. Hasta en los rincones más recónditos del planeta, gracias a la radio o la televisión, centenares de millones de seres humanos, a quienes se niega el derecho de tener sus necesidades básicas satisfechas, son convidados a celebrar a los dioses Mercados. Aquí en el Norte, en la mayoría de diarios leídos por los asalariados, las amas de casa y los desocupados, existe una rúbrica del tipo «dónde colocar su dinero», a pesar de que una aplastante mayoría de lectores y lectoras no cuenta ni con una acción en la bolsa. Se paga a los periodistas para que ayuden a los creyentes a comprender las señales enviadas por los dioses.

    Para aumentar el poder de estos dioses sobre el espíritu de los creyentes, los comentaristas anuncian periódicamente que éstos han enviado señales a los gobiernos para indicarles su satisfacción o su descontento. El gobierno y el Parlamento griegos, habiendo comprendido finalmente el mensaje recibido, han adoptado un plan de austeridad de choque que hará pagar la crisis a los de abajo. Pero los dioses siguen descontentos con el comportamiento de España, Portugal, Irlanda e Italia. Sus gobiernos también deberán llevar como ofrendas importantes medidas antisociales para calmarlos.

    Los lugares donde los dioses abruman con la manifestación de sus humores están en Nueva York, en Wall Street, en la City de Londres, en las Bolsas de París, de Frankfurt y de Tokio. Para medir su satisfacción, se inventaron instrumentos que llevan el nombre de Dow Jones en Nueva York, Nikei en Tokio, el CAC40 en Francia, el Footsie en Londres, el Dax en Francfort, el IBEX en España. Para asegurarse la benevolencia de los dioses, los gobiernos sacrifican los sistemas de seguridad social en el altar de la Bolsa, y además privatizan.

    Valdría la pena preguntarse por qué a estos operadores se les ha otorgado esta dimensión religiosa. Ellos no son ni desconocidos ni meros espíritus. Tienen nombre y domicilio: son los principales dirigentes de las 200 multinacionales más grandes que dominan la economía mundial con la ayuda del G7 y de instituciones tales como el FMI —que volvió al centro del escenario gracias a la crisis después de haber pasado un tiempo en el purgatorio—. También actúan el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio, aunque ésta no esté en su mejor momento, nadie sabe si de nuevo puede ser la elegida de los dioses. Los gobiernos no son una excepción: desde la era de Reagan y Thatcher abandonaron los medios de control con que contaban sobre los mercados financieros. Dominados por los inversores institucionales (grandes bancos, fondos de pensiones, compañías de seguros, hedge funds...) los gobiernos les donaron o prestaron billones de dólares para que puedan cabalgar de nuevo, después del desastre de 2007-2008. El Banco Central Europeo, la Reserva Federal estadounidense, el Banco de Inglaterra prestan diariamente, con un tipo de interés inferior a la inflación, enormes capitales que los inversores institucionales se apresuran a utilizar en forma especulativa contra el euro, contra las tesorerías de los Estados, etc.

    Actualmente, el dinero puede atravesar fronteras sin ninguna imposición fiscal. Cada día circulan en el mundo 3 billones de dólares saltándose las fronteras. Sólo menos del 2 % de esta suma se utiliza directamente en el comercio mundial o en inversiones productivas. Más del 98 % restante se dedica a operaciones especulativas, en especial sobre las monedas, los títulos de la deuda o las materias primas.

    Debemos terminar con la trivialización de esta lógica de muerte. Se necesita crear una nueva disciplina financiera, expropiar a este sector y ponerlo bajo el control social, gravar con fuertes impuestos a los inversores institucionales que primero provocaron la crisis y después se aprovecharon de ella, auditar y anular las deudas públicas ilegítimas, instaurar una reforma fiscal redistributiva, reducir radicalmente el tiempo de trabajo con el fin de poder contratar masivamente, pero sin disminuir los salarios, etc. En dos palabras, comenzar a poner en marcha un programa anticapitalista.

    fuente: rebelion.org

    lunes, 3 de mayo de 2010

    Crisis financiera, las seis etapas del desastre



    El martes 27 de abril la agencia de calificación Standard&Poor’s degradó la deuda soberana griega al rango de dudosa y rebajó la de Portugal. Al día siguiente España entró en el punto de mira. ¿Quién viene después?

    En los tres casos la agencia dijo que basa su apreciación en las perspectivas macroeconómicas de los países afectados: un crecimiento débil no les permitirá cumplir sus compromisos. Pero, ¿qué factores nublan así sus horizontes económicos? Es fácil identificar uno de ellos: los recortes presupuestarios puestos en marcha bajo la presión… de los inversores y las agencias de calificación.

    Así se cierra el círculo. En perspectiva, las piezas dispersas de los sucesivos cracs económicos de los tres últimos años componen poco a poco la figura de un puzzle bien conocido. Su marco: la oleada de desregulación financiera de los años 80. Su nombre: frente a crisis del mercado, remedios del mercado.

    Primera etapa: en 2007 los hogares estadounidenses, cuyos ingresos se estancaron especialmente bajo los efectos de la competencia internacional, se vieron incapaces de reembolsar los préstamos inmobiliarios concedidos sin ninguna garantía por los bancos ávidos de dinero. Desde el estallido de la «burbuja de Internet» en el año 2000, la Reserva Federal estadounidense mantenía, en efecto, tipos de interés muy bajos que fomentaron las aventuras de los inversores.

    Segunda etapa: en septiembre de 2008 la crisis de las subprimes degeneró en una crisis bancaria, los balances de las entidades financieras aparecieron atiborrados de créditos inmobiliarios insolventes esparcidos por los cuatro puntos cardinales del planeta en forma de sofisticados productos financieros. Lehman Brothers se hunde; se impone el pánico; los bancos dejan de conceder préstamos: la economía está al borde de la asfixia.

    Tercera etapa: en vez de colocar íntegramente el sector financiero en bancarrota bajo control público, los gobiernos aceptan reflotarlo dejándolo como está. Los Estados se endeudan fuera de toda proporción para salvar a los bancos y reactivar la economía. Pero tras veinte años de descenso continuado de la fiscalidad, los ingresos no acompañan. Entre finales del año 2008 y mediados de 2009 la crisis de las finanzas privadas se convirtió en un inflamiento de la deuda pública y en una crisis social. En los países occidentales se dispara el desempleo.

    Cuarta etapa:
    renovados por la afluencia de dinero público y el remonte de las Bolsas, estimulados por tipos de interés casi nulos, los bancos y fondos de inversión reanudan sus actividades habituales. Durante la tormenta bursátil muchos trasladaron sus activos del mercado de acciones (percibido como incierto) hacia el de las deudas públicas (considerado seguro). Pero éstas se hinchan peligrosamente y sólo proporcionan una pequeña tasa de interés. Hay que hacerlo crecer: la consecuencia es el «ataque» especulativo a las deudas soberanas de los países «periféricos» de Europa emprendido tras la revelación del maquillaje del déficit griego –carambola efectuada con la ayuda del banco de negocios Goldman Sachs-

    Quinta etapa: desde que los poderes públicos se niegan a frenar la especulación por ley y por una ayuda inmediata a Grecia se desencadena un círculo vicioso: hay que pedir préstamos para pagar la deuda; reducir el déficit para pedir préstamos; recortar el gasto público para reducir el déficit; bajar los salarios, las prestaciones sociales y «reformar» las jubilaciones para reducir el gasto público. Otras tantas medidas que empobrecen los hogares, nublan las perspectivas económicas e incitan a las agencias de calificación a degradar los títulos de la deuda soberana...

    Presentada en primer lugar a los Estados, la factura enviada por los bancos para pagar el precio de su propia incompetencia cae después sobre su destinatario final: los trabajadores.

    Sexta etapa: el hundimiento de los dominós europeos. Ahí estamos. Espejo de la desunión europea, el plan de ayuda a Grecia ratificado el 11 de abril intenta tardíamente conciliar todos los antagonismos: la intervención del Fondo Monetario Internacional (FMI) con el salvamento de las apariencias comunitarias; la puesta bajo tutela de Atenas y el principio de soberanía nacional; el interés bien incluido de los bancos franceses y alemanes, duramente expuesto a la deuda griega, y el Tratado de funcionamiento de la Unión Europea, que prohíbe la solidaridad financiera con un Estado miembro (artículos 123 y 125); el monto de los préstamos previsto inicialmente (45.000 millones de euros, 15.000 por el FMI) y las sumas que ya se consideran necesarias para encauzar la actividad especulativa (dos o incluso tres veces más); el modelo económico alemán que comprime los salarios para dilatar las exportaciones y los balances comerciales negativos de sus vecinos; la agenda política de la Cancillera alemana Angela Merkel, enfrentada a un importante escrutinio regional el 9 de mayo, y la de los dirigentes de los países más endeudados que ven el huracán especulativo abordando sus costas.

    Según este arreglo Grecia podrá pedir prestado a tasas menos elevadas que las del mercado (pero infinitamente superiores a las prácticamente nulas de las sumas desbloqueadas sin limitaciones por el Banco Central Europeo a favor de las entidades privadas en 2008 y 2009). En contrapartida Grecia deberá reducir en cinco puntos, o incluso en seis, un déficit presupuestario estimado en el 14% del PIB. Una violenta sangría que se operará prioritariamente en los gastos sociales pero que todavía no es suficiente a los ojos de Berlín. Menos de diez días después de su anuncio las manifestaciones de protesta se suceden en las calles de Atenas, el fantasma del impago planea sobre la Acrópolis, la crisis de la deuda soberana se extiende por la Península Ibérica y los rumores del estallido de la zona euro se propagan.

    Consecuencia de la improvisación, el miedo y la resignación frente a las imposiciones de las finanzas, la reacción de los Estados, de las instituciones europeas y del FMI se caracteriza por la ausencia de una estrategia conjunta: se limitan a imponer la coacción de los mercados mientras juran que resistirán. Dicha ausencia de estrategia común incita a los países miembros a desmarcarse unos de otros con la esperanza de salvarse de las apuestas de los inversores. Una vez colocados los «socios» en situación de competencia se trata de quién exhibirá el plan de austeridad más drástico. En Lisboa como en Atenas, en Dublín como en Madrid, resuena una única consigna: «apaciguar a los mercados» -hace un año los dirigentes del G20 prometieron domarlos-. Al fondo la dinámica refracta involuntariamente la lógica real de la Unión Europea, que se prometió a todos como un espacio de solidaridad y al final se entrega al dumping social, salarial, fiscal, y ahora especulativo… Sin embargo se ofrecen otras soluciones a elección de los gobernantes.

    Como el mar cuando retrocede la crisis descubre la fragilidad de una construcción (la Unión Europea, N. de T.) que desde su origen se basa en una apuesta: la unión aduanera y monetaria conllevaría la unión política y popular. Huelga decir que esa apuesta se ha perdido.

    Fuente original (francés): monde-diplomatique.fr
    Traducción: rebelion.org

    miércoles, 7 de abril de 2010

    Breve diccionario de tópicos para salir de la crisis



    Ante la ausencia de respuestas reales a los problemas planteados a la humanidad, los ideólogos y comentaristas económicos persisten en reiterar una serie de palabras mágicas que, según ellos, nos sacarían de la crisis. En tiempos prevacacionales y tras un trimestre en que este comentarista ha tenido la mente entretenida en otros luctuosos menesteres (por fortuna sin pérdida de vidas humanas), al plantearse su cita mensual con el MT digital no le queda otra idea que repasar algunos de los tópicos que un día sí y otro también se presentan como respuestas adecuadas a la crisis. Como pasos de un libro de instrucciones que por nuestro empeño en no seguirlo nos mantienen en el marasmo del paro masivo y la incertidumbre permanente. Se trata de ideas fuerza que han desarrollado los principales think tanks capitalistas, que han recibido una cierta cobertura académica y que han penetrado también en el pensamiento de las propias víctimas. Sin duda un pensamiento hegemónico que, en mi modesta opinión, dificulta más que ayuda a encontrar soluciones. Lógicamente uno no tiene respuestas para todo, sólo el atrevimiento de plantear algunas reflexiones críticas.

    Capital humano y calificación. El “mantra” que siempre obtiene mayor aceptación social. El único que suele poner de acuerdo desde al Fondo Monetario Internacional a la izquierda radical. La formación se ve como una cuestión neutra, cuanto más mejor. Si una empresa tiene poca rentabilidad, si un país tiene problemas, es por su baja productividad, su bajo valor añadido. Y la receta básica es aumentar la formación.

    Es cierto que para producir, y para cualquier cosa de la vida, hay que aprender. Pero cada actividad requiere su propio proceso de aprendizaje y hay conocimientos que son enormemente valiosos para el bienestar humano, para la participación social, para el enriquecimiento cultural y que no son necesariamente funcionales a las lógicas de la empresa privada. Del mismo modo que la misma medición del valor de lo que cada uno produce no es independiente del marco jerárquico, de las normas de evaluación a las que cada uno se aplica. Por poner un ejemplo que conozco: la evaluación de la producción científica tiende a realizarse cada vez en función de la cantidad de artículos que se publican, del tipo de publicaciones (quien establece la jerarquía de publicaciones está definiendo “el valor”) y del orden en el que se firma un artículo. No es raro encontrar casos donde ser director de equipo conduce automáticamente a mejorar el número de publicaciones y la posición en la firma. Este tipo de consideraciones valen para el mundo en general. El valor añadido de las empresas expresa tanto su eficiencia como el lugar de la cadena productiva que ocupan: las empresas que ocupan posiciones centrales (como las ensambladoras de coches o las grandes cadenas comerciales) están en condiciones de mejorar su posición relativa sobre el resto de empresas que cooperan en la realización de su producto social. No es casualidad que los dos hombres más ricos de España según el ranking de la revista Bloomberg sean los propietarios de dos empresas situadas en el núcleo central de una extensa cadena productiva (Amancio Ortega de Inditex/Zara e Isaac Andic de Mango). Cuando se realizan comparaciones internacionales se advierte fácilmente que una cuestión es la formación requerida para llevar a cabo una actividad y otra el mecanismo de reconocimiento de la cualificación. Este último depende del modelo institucional específico de cada país, de qué papel juega la certificación de conocimiento, de cómo se organiza el específico mercado laboral de cada profesión (como saben bien las mujeres cuyos nichos de empleo son a menudo considerados poco calificados como justificación de bajos salarios).

    Tener una población más culta es sin duda bueno. Formar a las personas en actividades concretas también. Pero pensar en una relación completa educación-productividad es discutible: el crecimiento de las desigualdades en las últimas décadas se ha dado en un período de expansión de la educación y de aumento de la inseguridad económica global.

    Competitividad. Palabra mágica. Punto de referencia de todas las propuestas económicas. Ha penetrado incluso en algunos discursos de movimientos sociales (como en las propuestas de la Plataforma a favor de la Reforma de la Diagonal de la que doy información en otra sección de este boletín). No es extraño que ocurra en una sociedad donde el deporte ha alcanzado un desproporcionado papel de espectáculo y movilización social. Sobre la idea de competencia, de lucha, de carrera promocional, de éxito y fracaso se construye una buena parte del planteamiento vital de las capas medias, al menos de los sectores profesionales, de las personas educadas. Forma parte también del punto de vista empresarial, del modelo institucional de la empresa capitalista pensada ella misma como un “equipo” que compite por una cuota de mercado. Pero vista con otras perspectivas no resulta tan claro que ésta sea una buena línea de respuesta social.

    En primer lugar, competir y ganar se puede hacer de muchas formas: jugando bien, comprando al árbitro, haciendo trampas. De hecho cualquier aficionado al deporte sabe que las reglas de juego influyen y que los recursos que cada uno tiene suelen ser determinantes. Casi todas las ligas del mundo tienen un pequeño puñado de ganadores. Traspasado a la realidad económica ello quiere decir muchas cosas: que se puede ganar con más o menos eficiencia social (externalizando los costes sociales en forma de depredación ambiental, empeorando las condiciones de trabajo, evadiendo impuestos, por ejemplo). Individualmente, la vía puede ser indiferente, pero socialmente el resultado es completamente distinto.

    En segundo lugar, los juegos competitivos suelen acabar siendo juegos de suma cero, donde alguien gana pero otros muchos pierden. En una competición deportiva, en una actividad lúdica, que ello ocurra es trivial, los efectos para los perdedores son a menudo más simbólicos que reales. Pero en otros campos los efectos pueden ser devastadores. Diseñar la economía como una actividad de suma cero es condenar a individuos, grupos sociales, regiones o países a situaciones de perpetua inseguridad económica (máxime cuando pensamos en economías reales donde la distribución de los recursos y de poderes económicos parte de una desigualdad extrema).

    En tercer lugar porque muchas de las prácticas competitivas están sujetas a la “paradoja de la composición” (pensar que si uno adopta una actuación los otros no lo harán). Cuando ocurre lo contrario y todos realizan la misma acción el resultado es el contrario del esperado, como expuso hace unos setenta años Joan Robinson al señalar que si uno se pone de pie en el cine puede que vea mejor la película que el resto, pero si todos lo imitan simplemente la verán igual de mal y con mayor incomodidad. Es bueno recordarlo porque alguna de las vías de la competitividad conduce directamente a este tipo de paradojas. Tal es el caso de la reducción de salarios para incrementar las exportaciones. En términos de la economía mundial si un país tiene superávit comercial otro debe tener déficit, es imposible que todos los países exporten más que importen. Si todos siguen una política de reducciones salariales para fomentar las exportaciones el resultado más probable es que se contraiga la demanda mundial de consumo y con ello el efecto final es que estemos en una economía más deprimida que la inicial. Otra vez el resultado nefasto de la paradoja de la composición. (Por cierto que España ha sido el segundo país de la UE 27 con una mayor reducción de los costes salariales unitarios en la última década y ello no le ha permitido resolver el problema exterior).

    Lo contrario de competitividad es cooperación y reglas de interacción social que promuevan la eficiencia y limiten los abusos. Muchas de las desigualdades del actual sistema mundial se encuentran en los bloqueos a la cooperación social y la persistencia de normas que favorecen a los poderosos. El bloqueo a la cooperación está en gran parte ligado a la voluntad de mantener un modelo distributivo que concede a unos pocos una inusitada porción del producto social.

    Flexibilidad (laboral por supuesto). La palabra de orden desde la década de 1980. Con un sustrato razonable: la necesidad de adaptación es esencial a la existencia humana. Pero con una plasmación que en la mayoría de casos se traduce en inseguridad económica aplicada a los asalariados (tanto mayor cuanto más abajo se situan en la jerarquía ocupacional), en un aumento de las desigualdades y en una creciente imposibilidad de articular la vida laboral con el resto de actividades que dan sentido y organizan nuestra entera vida social.

    Los estudios sobre la flexibilidad muestran que existen vías diversas para la respuesta adaptativa. Pero la que ha predominado es la flexibilidad cuantitativa externa, el ajuste del empleo ante las variaciones de la actividad productiva. El mercado laboral español es, al respecto, muy flexible, pues el empleo se expande o contrae a mucha velocidad ante cualquier giro coyuntural. Los sindicatos vienen exigiendo un cambio de modelo, con mayor peso de la flexibilidad interna que no afecte al empleo (flexibilidad de horarios, movilidad interna, polivalencia). En muchos casos sus efectos son menos dañinos pero no constituyen una alternativa completa. Es elocuente el ejemplo de la industria del automóvil, donde se llevan años de negociación de estas medidas: cuando la crisis aprieta los mecanismos de flexibilidad interna (por ejemplo la cuenta de horas) dejan de servir y se adopta la flexibilidad externa (lo que hay que contemplar no sólo en las grandes empresas de ensamblaje sino en el conjunto de la red productiva, con cientos de subcontratas).

    Hay que cambiar el debate. Limitar la flexibilidad al nivel de empresa impide plantear otras cuestiones. La principal es analizar qué parte de la variabilidad productiva responde a necesidades inevitables de adaptación; cuál a la inestabilidad global del sistema económico generado por elementos como la especulación financiera (y sus efectos sobre los mercados de divisas), las estrategias de acortamiento de los ciclos de vida del producto, etc; y cuánta no es más que una forma de socializar riesgos y costes sociales de las empresas. Discutir en serio de flexibilidad no debe ser sólo discutir de las respuestas de la empresa individual a un ambiente hostil y de sus objetivos de captar excedente a costa de las condiciones de vida de sus empleados, sino analizar cómo debe reformarse la organización social para reducir las inestabilidades inaceptables y cómo debe distribuirse socialmente el peso de los ajustes.

    Liberalización y privatización. Por decreto, se supone que el mercado y la competencia establecen tal nivel de disciplina que convierte a las empresas en eficientes, mientras que las actividades públicas son el dominio de una burocracia parasitaria. En una economía de pequeñas empresas independientes pudiera ser que la existencia de normas comunes provocara la búsqueda de la eficiencia (aunque siempre expuesta a la enorme variedad de costes sociales y factores externos que hacen poco creíble que la rentabilidad sea una buena medida de la eficiencia). Pero en tiempos donde predomina las grandes concentraciones empresariales, donde en la mayor parte de procesos productivos se establecen complejas redes empresariales en las que predomina más la jerarquía que el mercado, esta pretensión es a menudo infundada. La experiencia de las privatizaciones y liberalizaciones de nuestros mercados de la electricidad (Endesa es un ejemplo a figurar en cualquier tratado sobre el tema) y telecomunicaciones son una buena falsación de estas teorías, y el funcionamiento de mercados con muchas empresas como el inmobiliario o el de la restauración (el sector más inflacionario de los últimos años) tampoco anima en esta dirección.

    Más bien deberíamos exigir a los economistas un buen entendimiento del funcionamiento de cada sector específico, de sus interacciones y efectos sociales. Y en función de ello adoptar modelos organizativos adecuados a lo que debería ser una buena gestión económica (equidad distributiva, cooperación productiva, buena calidad del servicio, minimización de costes sociales...).

    Reforma estructural. Si las cosas van mal es porque la estructura falla (otra propuesta razonable, pero donde la visión de qué falla en la estructura suele ser estrábica). Reforma estructural se traduce casi siempre en menos derechos laborales, adelgazamiento del sector público y recortes a todo el sistema de protección social. Aquello que algunos llevan meses exigiendo: hay que tomar medidas impopulares. Los resultados son de todos conocidos y no puede considerarse que allí donde se han aplicado las reformas estructurales los resultados hayan sido espectaculares ni que haya evidencia empírica de que en los países con menos estado y menos protección social se viva mejor o la economía sea más eficiente. Pero es una formula que gusta “a los mercados” (¡qué gran eufemismo!, cuando todo el mundo sabe que se trata sólo de un puñado de grandes grupos financieros y un reducido pelotón de millonarios mundiales que imponen sus intereses al conjunto de la sociedad).

    Aquí sí que hay que tomar en serio lo de las reformas estructurales. Empezando por la financiera y entrando en todas aquellas actividades sociales y económicas manifiestamente mejorables y claramente necesitadas de una democratización social. No tardaremos en escuchar que lo que pedimos no son reformas, sino la revolución.

    Con un cóctel de estos elementos, y alguno más que dejo para otra ocasión, se adereza toda la cocina de la economía neoliberal. ¿Quién dice que ser economista es difícil y altamente cualificado? Con aprenderse unas pocas recetas y una jerga adecuada, basta. Y mientras pueden olvidarse los grandes retos de la humanidad, los que realmente exigen repensar el funcionamiento conjunto de la actividad económica: la crisis ambiental, la pobreza y la desigualdad intolerable, la irresuelta crisis de los cuidados, la democratización, la militarización... Pero para articular otro proyecto hay que aplicar otro diccionario básico, otro marco conceptual con el que pensar las cosas y enfocar los problemas. Un marco conceptual del que carecen no sólo los funcionarios del poder sino también buena de los representantes de las clases sociales y grupos subalternos, de los que aspiran a otro mundo deseable. Transformar la lógica del discurso es tan urgente y necesario como organizarse frente a la nueva oleada de ajustes y reformas estructurales que quieren aplicarnos los que simplemente pretenden mantener intacto el statu quo.

    Fuente: rebelion.org