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miércoles, 14 de marzo de 2012
129 aniversario de la muerte de Karl Marx, con sus ideas más vigentes que nunca
El 14 de marzo de 1883 murió Karl Marx, a la edad de 65 años, mientras descansaba en un sillón, segun recoge su compañero F. Engels.
Karl Marx nació en 1818 en Tréveris y murió en Londres mientras escribía su obra El Capital y trabajaba en La Internacional Comunista, lo que le produjo un tremendo desgaste físico y le condujo a la muerte.
Entre sus obras más destacables encontramos el sempiterno Manifiesto Comunista; La ideología alemana; Salario, precio y ganancia; Contribución a la crítica de la economía política, El Capital amén de innumerables artículos escritos en la Gaceta del Rhin, periódico del que fue redactor jefe hasta 1943, cuando el periódico fue definitivamente cerrado.
Marx y su ingente obra política, económica y social ha inspirado las ansias de emancipación de la explotación de todo el mundo, desde la Rusia bajo el pie de los zares hasta el giro a la izquierda de Latinoamérica de nuestro último siglo. Pero de igual modo ha recibido las calumnias, las mentiras, la reacción de sus detractores que ha conducido a guerras, golpes de estado y demás atrocidades por el mero hecho de legitimar el sistema que Marx buscaba superar como superación de la misma humanidad.
Marx se encuentra sepultado en el cementerio de Highgate en Londres junto a su mujer y varios de sus hijos muertos debido a las penurias del Londres decimonónico.
Hoy día, en medio de la mayor crisis del capitalismo a lo largo de su criminal historia, las ideas de Marx siguen estando más vigentes que nunca.
La República
jueves, 11 de noviembre de 2010
El 81% de los serbios asegura que su vida fue mejor en los tiempos del socialismo
La época de Tito en la antigua Yugoslavia, la mejor para la inmensa mayoría de los serbios
La gran mayoría de los ciudadanos de Serbia asegura que el mejor período de su vida fue durante el socialismo del presidente de la antigua Federación Yugoslava, Josip Broz Tito, fallecido en 1980.
Así lo considera el 81 por ciento de los encuestados, mientras el 10 por ciento dice que ahora es el mejor período, y otro 6 por ciento considera que lo fue en la época de Slobodan Milosevic, caído en 2000, según una encuesta del diario "Danas".
La muestra tenía como objetivo comparar el socialismo yugoslavo de Tito, el socialismo de Milosevic de la década pasada marcada por guerras y conflictos que siguieron la descomposición de Yugoslavia, la ruina económica de Serbia y la transición tras la caída de Milosevic y los cambios en el país.
Tito llegó al poder, en 1945, tras la Segunda Guerra Mundial en la que lideró el movimiento antinazi de los partisanos yugoslavos, y estuvo al frente del país hasta su muerte, en mayo de 1980.
Su figura todavía despierta recuerdos de un pasado mejor del antiguo país -Eslovenia, Croacia, Bosnia, Serbia, Montenegro y Macedonia- el más próspero del Este europeo, que se desintegró a comienzos de la década de 1990 con varias guerras sangrientas.
La Republica
lunes, 28 de junio de 2010
Doble vara de medir

Hace unas semanas el columnista de ciencia de Público Manuel Lozano Leyva destacaba el paralelismo que habían hecho los medios de comunicación entre la tragedia de Bhopal en la India, y la de Chernóbil, en Ucrania. Probablemente en su discurso ese paralelismo haya existido, pero en términos cuantitativos es evidente que el protagonismo mediático de Chernóbil ha sido mucho mayor que el de Bhopal. Si preguntáramos a cualquier viandante sobre esos nombres, la mayoría asociarían el primero con el desastre de aquella nuclear mientras que no estoy tan convencido de que relacionen el segundo con la fuga de un pesticida tóxico. En cambio, como recordaba Lozano, Bhopal provocó 25.000 muertos, mientras que en Chernóbil fueron 57. Es verdad que se declararon unos 4.000 cánceres de tiroides, pero con una supervivencia entre 92% y 96%. Nada más alejado de mi intención que minusvalorar los peligros de la energía nuclear, pero sí es necesario mostrar el doble rasero informativo entre una tragedia fruto de la incompetencia sucedida en un país entonces socialista en la órbita de la URSS y la ocurrida en un país capitalista fruto de la ambición empresarial de una multinacional estadounidense que despreció la vida de los indios.
A lo largo de la historia encontramos más situaciones de similar doble rasero. Por ejemplo, está habitualmente aceptado que el comunismo chino fue responsable de las hambrunas que sacudieron ese país entre los años 1958 y 1961. Los economistas Jean Drèze y Amartya Sen (premio Nobel de Economía) calcularon que, partiendo de condiciones básicas similares, China y la India siguieron diferentes vías de desarrollo y la diferencia entre los sistemas sociales de los dos países, especialmente en lo concerniente a la atención sanitaria, dieron como resultado 3’9 millones de muertes suplementarias en la India (1). Eso significa, según los economistas, que “la India genera más cadáveres cada ocho años que los que China generó en su período de hambrunas”. Sin embargo, en el imaginario colectivo transmitido por los medios han quedado las hambrunas chinas pero no las indias. Por supuesto, las primeras se achacan al comunismo, a nadie se le ocurre hablar de las hambrunas del capitalismo de la India.
Es evidente que la historia la escriben los vencedores, y que hoy ése es el capitalismo. El segundo problema es que, además, los amanuenses, los medios, también son del capitalismo.
Fuente: pascualserrano.net
(1) Información adicional en: jalaguarta.com
miércoles, 17 de marzo de 2010
La descentralización socialista no debilita el Estado nacional, lo fortalece
Escrito por: Marta Harnecker
1. No hay protagonismo popular sin descentralización
El protagonismo popular se transforma en una mera consigna si la gente no tiene la posibilidad de pronunciarse y tomar decisiones en los espacios donde participa (espacios territoriales, centros de trabajo, centro de estudio, grupos de interés). Si el Estado central es el que lo decide todo, no hay cabida para las iniciativas locales y ese Estado termina por ser un freno, es decir —como dice Marx—, entorpece el “libre movimiento” de la sociedad. [1]
Es interesante observar que Itsván Mészáros considera que fue un exceso de centralización en el Estado soviético lo que determinó que “tanto los gobiernos como los consejos de de fábrica quedaran desprovistos de todo poder efectivo [...]” [2] .
No es extraño entonces que el autor húngaro se plantee como uno de los objetivos a alcanzar en el periodo de transición el “ lograr una autonomía y descentralización genuina de los poderes de toma de decisiones”, al contrario de lo que ocurre actualmente donde la “concentración y centralización” necesariamente produce “burocracia” [3]
La relación entre descentralización y protagonismo popular es un punto central del socialismo del siglo XXI que debemos tener muy presente. Pero también hay otros aspectos que aquí quisiéramos abordar como es la relación entre centralización y burocratismo.
2. La descentralización: antídoto contra el burocratismo
Claramente este no era el planteamiento de Lenin quien relacionó siempre el fenómeno burocrático con el Estado heredado. El dirigente bolchevique murió preocupado por la “úlcera burocrática” que afectaba [4] al aparato estatal soviético. En uno de sus últimos textos sostiene que éste es “en máximo grado una supervivencia del pasado [y que ha] sufrido en mínimo grado transformaciones sustanciales”. [5] Días antes lo había descrito como “una mezcolanza burguesa y zarista”. [6]
En enero de 1922, en su último texto acerca del papel de los sindicatos, llega a plantear que no se puede “renunciar de ningún modo a la lucha huelguística” siempre que ésta esté dirigida contra las desviaciones burocráticas del Estado proletario, aclarando, sin embargo, que esta lucha era muy distinta a la que se realizaba bajo el régimen capitalista. En ese caso se luchaba por destruir el Estado burgués, y en este caso se lucharía por fortalecer el poder proletario al luchar contra las “deformaciones burocráticas” de este Estado, contra sus enormes debilidades, contra “todo género de resabios del viejo régimen capitalista y sus instituciones, etcétera.” [7]
Como podemos ver, Lenin consideraba que las deformaciones burocráticas que caracterizaban al Estado soviético eran una herencia del pasado. Yo pienso que ese diagnóstico era errado y que, al serlo, impedía aplicar una correcta terapia a esa enfermedad. A mi entender, la causa más profunda del burocratismo —y mucho más trascendental que las herencias del pasado— radicaba en la excesiva centralización del Estado soviético. Conocemos perfectamente lo que ocurre cuando no sólo las decisiones estratégicas sino que la mayor parte de las decisiones es adoptada centralmente: el papeleo hacia arriba; el interminable “peloteo”; la lentitud con que se adoptan las decisiones; la falta de control...
3. No se puede administrar todo centralmente . Sólo el control social puede evitar la corrupción
Una de las grandes lecciones que se obtuvo al no lograrse la meta propuesta por Fidel para la zafra azucarera de 1970 en Cuba fue justamente el comprender que era imposible que el Estado socialista pudiera administrar todo centralmente y mucho menos en un país subdesarrollado como Cuba y que para lograr un funcionamiento más efectivo del Estado era necesario crear espacios para que el pueblo pudiese controlar dicho funcionamiento. [8] Así lo reconoció el dirigente de la revolución en su discurso el 26 de julio de 1970.
“El propio proceso revolucionario ha ido demostrando — afirmó dos meses más tarde—los inconvenientes de los métodos burocráticos y a la vez también de los métodos administrativistas.” [9]
Después de señalar los errores que se habían cometido al identificar al Partido con la administración del Estado, y al permitir el debilitamiento de las organizaciones de masas, insistió en el papel que debía desempeñar el pueblo en la toma de decisiones y en las soluciones de los problemas.
“Imagínense —dijo entonces— una panadería en una cuadra, que es la que sirve pan a todos los vecinos, y un aparato administrativo que la controle desde arriba. ¿Cómo la controla? ¿Cómo puede desinteresarse el pueblo de cómo funciona aquella panadería? ¿Cómo puede desinteresarse de si un administrador es malo o no? ¿Cómo puede desinteresarse de si hay allí un privilegio o no, negligencia o no, insensibilidad o no? ¿Cómo puede desinteresarse de cómo brinda los servicios? ¿Cómo puede desinteresarse de los problemas de higiene de aquel sitio? ¿Y cómo puede desinteresarse de los problemas de la producción, del ausentismo, de la cantidad y de la calidad del producto? ¡De ninguna forma!
“¿Puede suponerse acaso que pueda haber ningún medio más efectivo para controlar esa actividad que las propias masas? ¿Acaso puede haber otro método de inspección? ¡No! Se puede echar a perder aquel hombre que dirige aquella microunidad productiva, se puede echar a perder el que inspeccione, se puede echar a perder todo el mundo. Los únicos que no se van a echar a perder son los afectados, ¡los afectados!”
Estas ideas fueron incorporadas en la nueva Constitución de la República de Cuba en 1976.
El nuevo modelo político se propuso descentralizar hasta el nivel municipal la mayor cantidad posible de funciones estatales. Aunque estas instancias debían estar subordinadas a las superiores, podían actuar con autonomía dentro de los marcos legales y normativos establecidos y “no debían estar sometidas al tutelaje constante y limitante de las instancias superiores.
Este mecanismo, “además de hacer más ágiles, operativas y acordes con las exigencias del momento y del lugar las decisiones a tomar — según Raúl Castro—, libera a las instancias superiores, y sobre todo a los organismos nacionales, de una pesada y voluminosa carga de tareas administrativas y corrientes que en la práctica no pueden cumplir debidamente [...] y que, por otro lado, les impiden desarrollar las tareas de responsabilidad de su verdadera competencia en lo relativo a normación, control e inspección de las actividades que atienden.” [10]
Con el transcurrir de los años la experiencia fue demostrando que era necesario descentralizar aún más la gestión y para ello se crea en 1990 en Ciudad de la Habana la figura del Consejo Popular, un órgano de gobierno menor al municipal que buscaba mejorar el control y la fiscalización sobre todas las entidades administrativas y encontrar fórmulas que permitiesen incorporar a todos los elementos de la comunidad a la solución de sus propios problemas. La idea, como dice Jesús García, era tener “una figura de gobierno fuerte, a nivel de barrio que pudiera organizar las fuerzas de la comunidad para la solución de los problemas de la base.” [11]
Infelizmente las grandes dificultades económicas que ha sufrido Cuba en las últimas dos décadas redujeron enormemente los recursos disponibles para atender las aspiraciones de la gente, los cuadros del Poder Popular comenzaron a desgastarse y cansarse, la gente perdió confianza y participación popular comenzó a debilitarse transformándose muchas veces en algo muy formal, y eso —junto a otras razones que aquí no podemos analizar— condujo a que el Poder Popular, que había comenzado con mucho brío y creatividad, empezara a desacreditarse.
4. Marx plantea que hay que descentralizar todo lo que se pueda descentralizar
Las experiencias históricas me han convencido cada vez más que la descentralización es la mejor arma para luchar contra el burocratismo, ya que aproxima la gestión de gobierno al pueblo y permite ejercer un control social sobre el aparato de Estado. Por ello comparto el criterio de Marx de que es necesario descentralizar todo lo que se pueda descentralizar, guardando como competencias del Estado central sólo aquellas tareas que no puedan ser realizadas a nivel local 19. En su libro La guerra civil en Francia Marx sostenía: “Una vez establecido el régime comunal, el antiguo gobierno centralizado tendría que dejar paso también en las provincias a la auto administración de los productores. [...]” [12]
5. El estado central no se debilita, se fortalece
“Las pocas, pero importantes funciones que aún quedarían para un gobierno central, no se suprimirían, como se ha dicho, falseando intencionadamente la verdad, [...] No se trataba de destruir la unidad de la nación, sino por el contrario, de organizarla mediante un régimen comunal, convirtiéndola en una realidad al destruir el Poder del Estado, que pretendía ser la encarnación de aquella unidad, independiente y situado por encima de la nación misma, de la cual no era más que una excrescencia parasitaria. [13]
Por supuesto que no se trata de una descentralización anárquica* (sinónimo de caótica, no confundir con descentralización anarquista [Nota del editor del blog]). Debe existir un plan estratégico nacional articulador de los planes locales y cada uno de los espacios descentralizados debe sentirse parte del todo nacional y estar dispuesto a colaborar con recursos propios para fortalecer el desarrollo de los espacios con mayores carencias. Se trata de una descentralización que debe estar impregnada de espíritu solidario. Uno de los papeles importantes del Estado central es, justamente, realizar este proceso de redistribución de los recursos a nivel nacional para proteger a los más débiles y ayudarlos a desarrollarse.
Luego de lo expuesto debe quedar claro que aquí no estoy hablando de la descentralización impulsada por el neoliberalismo. Comparto plenamente con el Presidente Chávez que se trata de una estrategia mundial para debilitar la unidad nacional y el Estado nacional. Lo que aquí defiendo es otra concepción de descentralización : una concepción socialista de la descentralización —aquella que está plasmada en numerosos artículos de la Constitución Bolivariana— [14] , que, por el contrario, al fortalecer a las comunidades, a las comunas, que son los cimientos del Estado nacional, contribuye de hecho a la profundización de la democracia y al fortalecimiento del Estado central, instrumento fundamental para defender nuestra soberanía y conducir el país hacia la nueva sociedad que queremos construir. [15]
Referencias
[1] . Marx, La guerra civil en Francia.
[2] . István Meszáros, Más allá del capital, Vadell hnos, Caracas, 1995, p.1046. Original en inglés: Beyond Capital, Monthly Review Press, New York, 1995, Según István Meszáros, las referencias positivas que Lenin hizo en El Estado y la Revolución “a la Comuna de París (como la participación directa de todos los sectores empobrecidos y explotados de la población en el ejercicio del poder) desaparecieron de sus discursos y sus escritos y se puso el acento sobre ‘la necesidad de una autoridad central [...]’ [2] Y agrega más adelante: “El ideal de la acción autónoma de la clase trabajadora había sido reemplazado por la defensa de la ‘mayor centralización posible’”. p.1044.
[3] . Op.cit p.809. inglés p.703. Yo emplearía la palabra burocratismo en lugar de burocracia. Textualmente dice “al contrario de su concentración y centralización existente cuyo funcionamiento sin ‘burocracia’. resulta imposible.”.
[4] . Lenin, “X Congreso del PC (b) R (16 de marzo de 1921), en Obras completas, t. 35, p.35.
[5] . Lenin, ¿Qué debemos hacer con la inspección obrera y campesina? (9 de enero de 1923), Obras completas, t.36, pp.510‑511.
[6] . Lenin, El problema de las nacionalidades de la “autonomización” (30 de diciembre de 1922), Obras completas, t.36, p.485.
[7] . Lenin, Sobre el papel y las funciones de los sindicatos” (30 de diciembre de 1921-4 de enero de 1921), Obras completas, t, 36, pp. 109-110.
[8] . Lo que a continuación se expone sobre el tema ha sido extraído en gran medida de la introducción de Marta Harnecker a su libro: Cuba ¿Dictadura o Democracia, Siglo XXI, México, 8ava Ed. ampliada en 1979.
[9] . Discurso del 28 de septiembre, en el X Aniversario de la fundación de los Comités de Defensa de la Revolución.
[10] . Seminario que se da a los delegados al Poder Popular de Matanzas el 22 de agosto de 1974
[11] . Jesús García, Cinco tesis sobre los consejos populares, Revista Cubana de Ciencias Sociales, La Habana, año 2000.
[12] . Marx , La guerra civil en Francia .
[13] . Marx, Op.cit.
[14] . Artículos 16, 157, 158, 185, 269.
[15] . Sobre este tema ver: Marta Harnecker (coordinadora), La descentralización ¿fortalece o debilita el estado nacional?, libro que recoge las intervenciones de los participantes en el taller del 23 y 24 septiembre 2008, organizado en el Centro Internacional Miranda.
Fuente: http://aporrea.org/ideologia/a97062.html
El 80 por ciento de los alemanes aceptarían volver a vivir un régimen socialista
Un alemán de cada cuatro estima que a veces sería deseable que existiese aún el Muro de Berlín, según un sondeo publicado por el cotidiano popular Bild.
Esta proporción es prácticamente la misma en el Oeste (24%) como al Este (23%) de la frontera que separaba la RFA de la RDA hasta 1990. Incluso son 16% al Oeste y 15% al Este los que consideran que “nada mejor podría ocurrir”.
Más o menos 80% de los 1.001 personas interrogadas por el instituto Emnid aceptarían vivir en en un régimen socialista, si éste le asegura “un empleo, la solidaridad y la seguridad”. Incluso al Oeste, 72% considera favorablemente la vida en un régimen socialista.
La “libertad” constituye un objetivo político importante sólo para 28% de los consultados al Este y para 42% al Oeste.
Por otra parte, una persona de cada siete en el Este y doce al Oeste se dice dispuesta a “vender” su voto a cualquier partido por 5.000 euros.
Este sondeo fue realizado en el marco de la difusión de la primera parte de una película que será exhibida en dos episodios en la televisión, donde la Alemania está de nuevo a punto de ser separada en dos, luego de un ataque terrorista que provoca enfrentamientos entre partidarios de la extrema izquierda y la extrema derecha.
Cubadebate
lunes, 15 de marzo de 2010
Maldito socialismo, ¡cómo te echamos de menos!

Hace unas semanas, en Berlín, mientras los beneficiarios del cambio político en la Europa del Este celebraban la desaparición del muro (y, sobre todo, del “socialismo real”) hace veinte años, como prueba manifiesta de la superioridad social del capitalismo, la prensa internacional conservadora lanzó una de sus habituales campañas propagandísticas para vender de nuevo la mentira del supuesto éxito conseguido por el cambio político y económico en los antiguos países socialistas europeos. La escenificación de una alegría impostada en ceremonias de auto alabanza (con evidentes concesiones al nacionalismo alemán) y la presencia, y, después, las imágenes difundidas por el mundo de Gorbachov, George Bush, Kohl, Merkel, Wałesa y otros (incluso Medveded) celebrando la “victoria sobre el comunismo”, escondían el sufrimiento social causado por el retroceso hacia el capitalismo en toda la Europa oriental, y se revelaban como la gran mentira de los festejos de Berlín.
Hace un año, en enero de 2009, haciéndose eco de un estudio de la Universidad de Oxford, el diario italiano Il Manifesto publicaba un artículo sobre las consecuencias de las privatizaciones y de las reformas de la llamada terapia de choque de Yeltsin y Gaidar en Rusia. El trabajo que citaba el diario italiano había sido publicado en la revista médica Lancet y llevado a cabo por David Stuckler, de la Universidad de Oxford, Lawrence King, de la Universidad de Cambridge, y Martin McKee, de la London School of Hygiene and Tropical Medicine, utilizando datos de organismos de la ONU, como la UNICEF, después de una investigación de cuatro años. Un millón de muertos. Ese era el resultado de la investigación que concretaba el aumento de la mortalidad (casi un trece por ciento, durante los años noventa) a consecuencia del desempleo, las privatizaciones y la aplicación de las recetas liberales que extendieron el hambre, la miseria y causaron la destrucción de la economía rusa. Debe hacerse la precisión de que el estudio abarcó la mayor y más poblada república soviética, pero que, de hecho, Rusia representa sólo la mitad de la población que componían las quince repúblicas soviéticas, y tampoco abordaba lo sucedido en el resto de países socialistas, que, juntos, sumaban otros cien millones de habitantes. Ese estudio publicado en Lancet , por tanto, sólo habla de la mortandad causada entre ciento cincuenta millones de habitantes, mientras que el conjunto de la población de la Europa socialista alcanzaba los cuatrocientos millones. No debe olvidarse, además, que esas cifras son estimaciones, puesto que otros estudios elevan mucho más el número de víctimas: piénsese en el aumento de la mortalidad infantil, en el retroceso de la natalidad, en el descenso de la población (a veces, por la emigración; en otras, por causas distintas, que no siempre es fácil clasificar). Ucrania, por ejemplo, ha descendido desde los 52 millones de habitantes que tenía en el socialismo, en 1991, a los actuales 46 millones, dieciocho años después.
Por supuesto, nada de eso se vio reflejado en los festejos de Berlín, ni el gobierno pronorteamericano de Yushenko y Timoshenko, ni los países capitalistas occidentales se han preguntado hasta ahora por la causa de un desastre demográfico de tal magnitud. Y es sólo un ejemplo, aunque sea de los más dramáticos. La antigua RDA, que contaba con dieciséis millones de habitantes, ha perdido dos, sobre todo por la emigración, y muchas ciudades se están despoblando. Incluso el International Herald Tribune (en su edición del 15 de enero de 2009) se hacía eco de la muerte prematura de unos tres millones de personas en el conjunto de los antiguos países socialistas europeos, según datos de los organismos de la ONU, y de la pérdida de unos diez millones de personas en esos territorios. Ante el horror y la contundencia de las cifras, Jeffrey Sachs (uno de los principales asesores de la terapia de choque capitalista en Rusia y otros países) intentó descalificar esas estimaciones y, en una carta a The Financial Times, consideró un éxito la reforma en Polonia, Chequia y Eslovenia, al tiempo que achacaba la mortandad en la antigua URSS a una evolución que se inició en la década de los sesenta del siglo XX, y a “la pobre dieta alimenticia soviética” (afirmaciones que la excelente investigación de Serguei Anatolevich Batchikov, Serguei Iurevich Glasev y Serguei Georguevich Kara-Murza, en El libro blanco de Rusia. Las reformas neoliberales (1991-2004), deja por completo en evidencia). Refutando a Sachs en esas mismas fechas, en una entrevista en The Times, el premio Nobel Joseph Stiglitz afirmó que la terapia de choque fue “una política económica desastrosa”. El capitalismo ha llevado a la muerte a millones de personas, y no sólo en anteriores etapas históricas, sino en estos últimos años. La desaparición del socialismo europeo no fue un éxito, sino una catástrofe, y centenares de miles de personas vivirían aún de no haber mediado ese desastre que celebraban en Berlín.
Bajo el socialismo, con el trabajo, asegurado para toda la vida para cualquier ciudadano, se disponía de casa, de asistencia médica, vacaciones y jubilación. Nadie pensaba en el desempleo, ni en los desahucios y la falta de techo, ni en las abusivas hipotecas de por vida, ni esperaba con temor una vejez desamparada y pobre. La privatización trajo consigo la pérdida de millones de puestos de trabajo, el desmantelamiento de buena parte de la industria, creó una espantosa corrupción, y. además, desató la miseria, la desesperación, el aumento del alcoholismo, de los suicidios, el abandono de niños, las pensiones de miseria, la introducción de ciegos criterios de mercado por encima del interés social, mientras se enriquecía una minoría.
El desastre en las instituciones científicas, el retroceso en la investigación, la ruina de la cultura, la introducción desde el Occidente capitalista de los más banales y zafios recursos de entretenimiento y alienamiento popular, la planificada destrucción de las costumbres sociales de ayuda mutua y solidaridad, fue acompañada por la exaltación del egoísmo personal y la búsqueda del bien privado, porque lo común pasó a ser considerado sospechoso por el nuevo poder capitalista. El desmantelamiento de la sanidad pública, el aumento de los precios de las medicinas, la reducción de la esperanza de vida, afectaron de manera determinante a la población. Todavía desconocemos las cifras de suicidios, las muertes causadas por el alcoholismo de quienes habían caído en la desesperación; la mortalidad debida a la proliferación de enfermedades como la tuberculosis, que afectan ahora a millones de personas, el destino de muchos de los centenares de miles de vagabundos y de niños abandonados que llenaron toda la geografía de la Europa oriental, y que siguen viéndose hoy, que fueron consecuencia directa de la salvaje implantación del capitalismo. Si hace dos décadas el hambre era desconocido en toda la Europa oriental, hoy afecta a millones de personas. Se dispone de algunas estadísticas parciales: en Ucrania, hoy, por ejemplo, un millón y medio de personas pasa hambre.
Esa política, impulsada en Rusia por el sanguinario Yeltsin, y por personajes como Gaidar y Chubais, tenía detrás a académicos norteamericanos neoliberales como el citado Jeffrey Sachs, y suecos como Anders Åslund (ayer, asesor económico en Rusia y Ucrania, y hoy responsable del programa ruso y euroasiático de Carnegie Endowment for International Peace de Washington), y sus ideas recibieron el apoyo entusiasta de Estados Unidos, con Clinton al frente (el presidente a quien tanta risa daban las ocurrencias del alcoholizado Yeltsin); tenían el sostén de Alemania, con Helmut Kohl; de Gran Bretaña, bajo John Major; y de Francia, con Mitterrand, y, después, Chirac.
Con apoyo occidental se produjo el mayor robo de la historia de la humanidad, en la Unión Soviética y en el resto de países socialistas europeos. No hubo frenos al latrocinio. Incluso, como ocurrió en Bulgaria, llegaron a devolver al rey Simeón ¡más tierras de las que poseía antes de la nacionalización decretada al finalizar la Segunda Guerra Mundial! Solamente en la RDA, aunque suele alegarse el gran volumen de las “ayudas” desde la RFA a las nuevas regiones del Este, se oculta que Bonn se apoderó de todo el patrimonio nacional de la RDA, que tenía un valor calculado en el doble de los desembolsos realizados por Bonn: la deliberada destrucción de la industria del Este alemán, exigida por los empresarios y aplicada por el gobierno occidental, forzó a la emigración de centenares de miles de ciudadanos y aceleró el envejecimiento de todo el territorio oriental. También las mujeres perdieron: en la RDA, trabajaban el 92 % de ellas; hoy, apenas el 69 %. Libertad… para emigrar, y para morir.
Esa realidad es conocida por los investigadores y por los gobiernos, pero no por ello se sienten aludidos los liberales: algunos, aunque no pueden dejar de reconocer el desastre, insisten en las ventajas a largo plazo de la implantación del capitalismo en la Europa del Este. Veinte años después de la desaparición de los sistemas socialistas que gobernaban la Europa del Este, la bien engrasada maquinaria propagandística de los medios de comunicación sigue remachando el clavo de la interpretación sobre aquellos hechos: manejando ideas simples para asuntos complejos, liquidan el expediente evocando la supuesta “rebelión popular contra el socialismo”, para terminar felicitándose, interesadamente, por la “muerte del comunismo” y el “triunfo de la libertad”. Además del recurso a la deshonesta y falsa equivalencia entre nazismo y comunismo, los defensores del capitalismo utilizan otros argumentos. La equiparación entre democracia y capitalismo fue sólo una de las muchas astucias de tramposos que los laboratorios ideológicos del liberalismo desarrollaron con éxito en la Europa del Este, pese a la evidencia de que el capitalismo no trae consigo la democracia: de hecho, ha convivido y convive con regímenes dictatoriales, monarquías autoritarias, estados expansionistas y belicistas, democracias tuteladas, y, también, con el nazismo y el fascismo. Porque la actual democracia liberal (corrompida por el poder del dinero) es sólo una de las formas políticas que ha adoptado el capitalismo. Otra de las trampas que utilizan los liberales es la condena universal del socialismo por los excesos y crímenes del pasado, mientras que el capitalismo es presentado como carente de historia: parecería que ni el colonialismo, el imperialismo, las matanzas y la represión en todos los países, existieron nunca, y, si se recuerdan, son para considerarlos fenómenos históricos que no tienen nada que ver con el capitalismo actual, pese a las guerras que mantiene. Para la propaganda liberal, ese capitalismo está representado apenas por los países más desarrollados, no por los más pobres: es Francia, no Egipto; es Alemania, pero no Indonesia; es Estados Unidos, pero no Haití. El entusiasmo liberal por la revisión de la historia llega al extremo de querer equiparar comunismo y nazismo por el procedimiento de negar la evidente filiación del fascismo con el capitalismo, y con la abusiva utilización del término “totalitario” que permite crear el espejismo de un capitalismo “democrático” que se habría opuesto al totalitarismo de nazis y comunistas, idea que no resiste la menor comprobación empírica, porque el nazismo y el fascismo no fueron derrotados por las potencias capitalistas sino por el socialismo soviético.
Nikolái Rizhkov, que fue, desde 1985 hasta 1990, presidente del gobierno soviético con Gorbachov, y que hoy, como senador, defiende la política de Putin, considera que “la desaparición de la URSS fue una tragedia”, y todos los indicadores sociales y económicos lo confirman. No sólo en lo económico: Rizkhov cree que Gorbachov negoció mal el “asunto alemán” y que nunca debió aceptar que la Alemania unificada permaneciese en la OTAN. Esa imposición estimuló la voracidad y la ampliación posterior de esa alianza, que ha llegado a engullir incluso a tres antiguas repúblicas soviéticas, y a establecer cuarteles norteamericanos en las puertas de Rusia. El Pacto de Varsovia fue desmantelado; la OTAN sigue planificando guerras. Se seguirá discutiendo durante mucho tiempo sobre esa catástrofe. Hoy, las diversas explicaciones llegan desde la indigencia intelectual y la deshonestidad política de los medios liberales, pasando por la severidad de un sector de la izquierda (socialdemócrata, trotskista, anarquista) que condena, a veces sin matices, la experiencia del socialismo real , y terminando con la hagiografía de otro sector de la izquierda (comunista) que rechaza cualquier análisis crítico de la realidad de los antiguos países socialistas europeos. También, figuran las de quienes intentan ser equilibrados y honestos a la hora de juzgar lo que fue el “socialismo real” y, sobre todo, lo que ha supuesto para la población el retorno al capitalismo.
Desde la Polonia que acaba de prohibir la bandera roja y los símbolos comunistas (igual que hicieron Hitler, o Franco, o Mussolini), desde la Chequia que intenta prohibir ahora el partido comunista; desde los países bálticos, que con su feroz falsificación histórica relegan a los comunistas a la clandestinidad y absuelven a los nazis locales de su complicidad con el Reich hitleriano; desde la Alemania unida que persigue el recuerdo de la RDA, o desde la Rusia que quiere destruir al partido comunista, todos esos países, unidos al gran altavoz de la propaganda liberal que tiene su centro en Estados Unidos, se agrupan tras Washington en una poderosa coalición que sigue saludando como una gran victoria de la libertad el vendaval que se inició en 1989 y culminó, primero, en 1991, con la desaparición de la URSS, y finalmente, en 1993, con el golpe de Estado de Yeltsin en Rusia, que consolidó la vía golpista al capitalismo.
La política de Gorbachov segó la hierba bajo los pies de los dirigentes comunistas europeos, porque estimuló las protestas y anunció tácitamente que Moscú no movería un dedo para sostener a la Europa oriental. Incluso se estimularon las protestas: los gobiernos se vieron abocados a iniciar improvisadamente reformas, a entablar procesos de negociación con la oposición y, en última instancia, a ceder el poder. No obstante, pese al análisis predominante que hoy se hace en Occidente (sostenido con entusiasmo por los beneficiarios del cambio de régimen: una mezcla, según los países, de antiguos disidentes, viejos “comunistas” reconvertidos al capitalismo y nuevos burgueses surgidos de la rapiña y el caos), que puede resumirse en la falsa foto fija de una “rebelión contra el socialismo”, lo cierto es que las manifestaciones de 1989 en la Europa del Este no reclamaban nunca el capitalismo: querían reformar el socialismo, acabar con el autoritarismo y los abusos del poder comunista, conquistar la libertad y acabar con el temor reverencial al poder, conservando las estructuras económicas del socialismo. Sin embargo, las explicaciones no son sencillas, y aunque desconocemos todavía buena parte de las complicidades y de la acción que desarrollaron las grandes potencias, no se sostiene la interpretación liberal de un hartazgo popular, porque buena parte de la población permaneció a la expectativa. La supuesta rebelión popular en Rumania contra Ceaucescu, por ejemplo, nunca existió: hubo importantes y nutridas manifestaciones, sí, pero el general Stanculescu ha revelado recientemente que el golpe de 1989 que terminó con la sentencia a muerte del presidente del país contó con la complicidad soviética y norteamericana. Al margen del turbio carácter del personaje, y de su afán por justificar su papel, lo cierto es que seguimos desconociendo muchos aspectos de los acontecimientos de ese año, y no sólo en Rumania, aunque no todos obedecen a causas conspiratorias. Es cierto que las maniobras y operaciones planificadas operaron sobre un descontento popular que se manifestaba en la población católica polaca, en la insatisfacción por la limitación de movimientos en la RDA, Hungría o Checoslovaquia, en la escasez de abastecimientos en Rumania, Bulgaria o la URSS, y en la aspiración a la libertad, pero la clave está en la pasividad del Moscú de Gorbachov y en la incapacidad de los gobiernos comunistas para afrontar y canalizar unas protestas pacíficas que, en su origen, no iban masivamente contra el socialismo: ni siquiera tras el hundimiento de la Europa socialista en 1989, en la URSS que veía crecer la demagogia de Yeltsin y que le llevó a ganar las elecciones rusas y a disolver la Unión Soviética en 1991, nunca su gobierno se atrevió a explicar a la población que su propósito era implantar el capitalismo.
Uno de los mecanismos de robo impuestos a la población fueron las altas tasas de inflación en toda la zona (¡que llegaron a superar los tres dígitos!) a causa de la decretada liberalización de precios, lo que supuso una brutal devaluación de los ahorros de la población. Junto a ello, la masiva desindustrialización, que llevó a caídas de la producción superiores al 50 % en muchos países, y la consiguiente introducción de capital, tecnología y empresas occidentales que se apoderaron de la estructura productiva en Checoslovaquia, Hungría, Polonia y otros países. El aumento de los precios no fue equilibrado con un aumento de los salarios, y esa fue una de las vías para favorecer la acumulación de los nuevos capitalistas y para desarmar cualquier conato de protesta, porque la población debía emplear toda su energía en asegurarse el sustento diario, siempre por debajo de la dieta alimenticia habitual que tenía en el socialismo. Los salarios continúan siendo hoy mucho más bajos que en el occidente europeo, y eso explica la instalación de empresas occidentales para explotar una mano de obra barata, pero educada y con gran capacidad técnica. La privatización de los bienes del Estado (a través de ventas amañadas, subastas falseadas o “reparto” de participaciones que, inevitablemente, acabaron en manos de los nuevos capitalistas) trajo consigo un cambio total de propiedad, de la que se aprovechó la gran empresa occidental. Los nuevos bancos que operan en la Europa oriental, por ejemplo, son controlados casi en su totalidad por capital extranjero, y la introducción de las empresas capitalistas europeas buscó desde el principio apoderarse de buena parte de los sectores económicos de cada país, junto a la explotación de mano de obra y la especulación financiera y urbanística, y, en ocasiones, a la creación de “industrias” tan repulsivas como la que se dedica a la pornografía en Budapest, convertida en el mayor centro europeo de ese negocio.
La deuda externa combinada de los países europeos orientales en 2008, excluida Rusia, superaba con mucho (en casi 200.000 millones de euros) el monto total de las inversiones extranjeras (que han sido de unos 450.000 millones) acumuladas en los casi veinte años anteriores: un mal negocio, desde cualquier punto de vista. La emigración ha supuesto un golpe demoledor para la mayoría de los países, y, al tiempo, un recurso inevitable para la subsistencia de muchas familias. Aunque las estadísticas son precarias e incompletas, sabemos que más de un millón de polacos han emigrado a Gran Bretaña, y contingentes numerosos a otros países, y el gobierno de Bucarest considera que tres millones de rumanos han abandonado el país. También, sabemos que casi cuatrocientos mil moldavos han emigrado, casi el diez por ciento de la población. Centenares de miles de niños han sido abandonados por sus padres, o han quedado al cuidado de otros familiares. En Polonia, unos quince mil niños han terminado en orfanatos. El fenómeno es particularmente grave en Ucrania, Moldavia, Rumania y Bulgaria. Solamente en Rumania, según la Fundación Soros (que no es sospechosa, precisamente, de tener simpatías por el viejo socialismo real), hay trescientos cincuenta mil niños abandonados. El corolario de todo ello es el aumento de la delincuencia, de la explotación sexual de muchos de esos niños, del tráfico de personas. La caída de la esperanza de vida ha sido también constante y documentada por entidades locales e internacionales. Agrupando a todos los antiguos países socialistas europeos y las dos mayores repúblicas soviéticas, Rusia y Ucrania, en 1993 hubo casi 700.000 muertes más que en 1989. En un solo año. El fenómeno, aunque con altibajos, fue constante durante toda la década final del siglo XX. Esa terrible mortandad debe tenerse en cuenta al hablar del supuesto “éxito” de la transición del socialismo al capitalismo.
Ahora, tras veinte años de capitalismo, las recetas que gobiernos, e instituciones como el FMI, aplican contra la crisis en que se encuentran los países del Este europeo son las tradicionales del más feroz liberalismo: nuevas reducciones salariales, aumento de impuestos a la población, recortes sociales, reducción de pensiones, desmantelamiento de servicios, con el aumento consiguiente de la pobreza. La omnipresente corrupción, con raíces propias pero también instigada por la actuación de los empresarios occidentales; la degradación cultural, con dramáticas caídas de los índices de lectura y la desaparición o emigración de buena parte de los científicos y de las instituciones dedicadas a la investigación y la cultura; la destrucción de los valores de solidaridad, que ha sido constante y sistemática, sustituyéndolos por la noción del éxito y del enriquecimiento rápido, definen un amenazador futuro inmediato.
Junto a ello, los rasgos populistas, nacionalistas e incluso racistas (cuando no directamente fascistas, como se ha visto en la rehabilitación de los nazis locales en los países bálticos) han impregnado el discurso político de las nuevas élites, que, además, juzgan razonable acompañar en aventuras militares exteriores a Washington, como ha ocurrido en Iraq y Afganistán. La sumisión de las nuevas élites gobernantes de los países de la Europa del Este a los Estados Unidos se constata en la humillante carta suscrita, con ocasión de la agresión de Georgia a Osetia del Sur en el verano de 2008, por antiguos presidentes de algunos países, como el polaco Lech Wałesa, el checo Vaclav Havel, la letona Vaira Vike-Freiberga, el lituano Valdas Adamkus, entre otros (todos, anteriores cómplices de las sanguinarias aventuras bélicas de Bush), donde se alarmaban por el descenso del atractivo de Estados Unidos entre la población de sus países, se declaraban decididos “atlantistas”, y llamaban a “defender a Georgia” y a incluir a este país y a Ucrania en la OTAN, además de a evitar la influencia de Rusia en la Europa oriental y a limitar la capacidad de exportación de hidrocarburos rusos hacia el resto del continente: sin percatarse, esos aplicados discípulos de Washington, definían un completo programa de expansión para Washington en la zona… firmado por quienes ayer se proclamaban celosos defensores de la libertad y la independencia de sus países.
La agencia Reuters informaba recientemente de la nostalgia del socialismo entre la población de la Europa del Este: apenas el treinta por ciento de los ucranianos es partidario del cambio producido (en 1991, un 72 % llegó a creer que la conversión sería positiva), en Lituania y Bulgaria ya son mayoría quienes rechazan el cambio; y en Hungría, el 70 % de quienes eran adultos en 1989, confiesa su decepción por el capitalismo y por el abandono del socialismo. Algo similar ocurre en los países que formaron la antigua Yugoslavia. En Alemania del Este apenas una cuarta parte de la población se siente ciudadana plena de la nueva Alemania. Y en Rusia todas las encuestas siguen recogiendo que la mayoría de la población considera una tragedia la desaparición de la URSS. Lo mismo ocurre en las otras repúblicas soviéticas.
Es cierto que muchos aspectos negativos del socialismo real han sido olvidados por la población, sin duda porque el hecho incontestable es que la libertad no existe con la precariedad, el desempleo, la incertidumbre, la corrupción, el miedo al futuro. No obstante, aunque no sea el objeto de estas líneas, la aspiración a la libertad y a formas de participación reales en la antigua Europa socialista eran cuestiones de máxima relevancia que fueron ignoradas en los países del socialismo real, como los serios desajustes de su economía que se pusieron de manifiesto a lo largo de la década de los años ochenta. La constatación del desastre social de la restauración capitalista hace aumentar la nostalgia en toda la antigua Europa socialista, pero no resuelve los problemas actuales de la población, porque la reconstrucción de los instrumentos de oposición capaces de proponer opciones socialistas viables no será sencilla: la mayoría de los partidos comunistas fueron destruidos, sus miembros, perseguidos, la ideología comunista sistemáticamente difamada, y los gobiernos y partidos liberales mantienen un control absoluto de los medios de comunicación. Los comunistas rusos hablan de la naturaleza criminal del actual régimen ruso, pero la clase obrera soviética ha sido en gran parte destruida por el proceso de desmantelamiento industrial, y eso limita su capacidad de lucha. Pese a ello, subsisten importantes partidos comunistas en Rusia, República Checa y Ucrania, y se ha creado un nuevo referente en Alemania.
A la vista del sufrimiento social causado en estas dos décadas, debemos concluir que no había nada que celebrar en Berlín, aunque los muros nunca sean una apuesta por el futuro. La terapia de choque fue un experimento social, del cual el capitalismo no se hace ahora responsable, que se convirtió en una verdadera matanza de dimensiones aterradoras. En toda la Europa oriental, la muerte cabalgó sobre la privatización y el capitalismo. Veinte años después, los ciudadanos de esos países recuerdan las insuficiencias del socialismo real, el autoritarismo, la represión de toda disidencia, el obsesivo control, pero cultivan también la nostalgia de un pasado cercano donde, a pesar de todo, la vida era más humana que ahora, y, por eso, parecen decirnos: Maldito socialismo, cómo te echamos de menos.
Referencia:
http://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736%2809%2960005-2/abstract
Fuente: Publicado en el nº 265 de El Viejo Topo, febrero de 2010. [http://www.elviejotopo.com/web/revistas.php?numRevista=265]
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